GUIÓN PARA LAS ETIQUETAS
Cuando introduzcáis vuestro reportaje, entrevista, etc. tenéis que indicar dos etiquetas. La primera que especifique el sector cultural en el que os habéis centrado y la segunda que indique el contenido que habéis analizado.

1. ETIQUETA PARA EL SECTOR CULTURAL:
Patrimonio, museos, archivos, bibliotecas, libro, periódicos y revistas, artes plásticas, artes escénicas, cine, video, música grabada, televisión, radio, fundaciones u otras instituciones culturales.

2. ETIQUETA PARA EL CONTENIDO:
Sector, estrategia competitiva o estrategia corporativa

miércoles, 9 de diciembre de 2009

¿Qué ocurre con la asistencia al cine?- Estrella Serrano

En los últimos años el cine en España ha perdido más de 10 millones de espectadores, fenómeno que también afecta al resto de Europa. Las razones son atribuibles a diversos factores como: el aumento de la población envejecida, el auge de la televisión por pago, las descargas por Internet o el home cinema.Pero, ¿realmente es esta la única peculiaridad que presenta este sector?

La producción cinematográfica, al igual que otras manifestaciones culturales, no sobreviviría si no es gracias a las subvenciones, ya que, en la mayoría de los casos los recursos financieros de las productoras no producen beneficios, por lo tanto, no generan fondos y carecen de capacidad de endeudamiento. La industria cultural como cualquier otro sector, también está basada en la productividad y en las ventas, a expensas de la calidad. De tal manera, los gobiernos e instituciones públicas muchas veces han limitado lo que entienden por cultura a aquello que proporciona un beneficio alto (más espectadores) y esto, la mayoría de las veces, está ligado al espectáculo. Por lo tanto se produce una asimilación entre cultura y espectáculo dejando en un segundo plano todo aquello que no lo sea. Con la entrada de las televisiones en la producción cinematográfica (tienen que destinar el 5% de sus fondos) un nuevo actor impone su estrategia, y esta, también está condicionada por política, ideología, etc. Sin embargo, no todo es negativo y a veces, las políticas culturales van encaminadas hacia un cierto proteccionismo. Así, en la Ley de Cine de 2007, se fomenta el cine europeo en las salas de exhibición, ya que se exige una cuota de pantalla del 25% y se valora un cómputo doble a aquellas películas de ficción en versión original subtitulada a alguna de las lenguas oficiales españolas. Pero como nunca llueve a gusto de todos, esta ley perjudica a las grandes distribuidoras que así, no pueden imponer sus propios criterios de exhibición.

Aunque sin duda los más afectados por el mal momento que pasa el sector, son los pequeños cines de toda la vida. Aquellos que no han podido hacer frente a grandes inversiones y han carecido de ayudas están condenados a desaparecer en pro de los multicines de los grandes centros comerciales, que, además, deslocalizan las salas hacia las afueras de las ciudades. Estos sitios añaden nuevos valores diferenciadores como la restauración, el consumo de tiendas e incluso las zonas recreativas. Si todo esto se suma a los valores diferenciadores de tecnología, calidad, etc., los competidores más modestos no tienen nada que hacer.

Asimismo, los grandes multicines cuentan con más oferta que los cines tradicionales pero dirigen su atención hacia películas que les proporcionan un mayor número posible de espectadores, primando por tanto un cine “comercial” y sobretodo, haciendo hincapié en los jóvenes, que al fin y al cabo son los mayores consumidores de ocio. Pero la cuestión va más allá de la rentabilidad. Si ahondásemos un poco más, podríamos plantearnos si existe un interés biopolítico (impacto del poder en otros aspectos de la vida) en esta categorización de las producciones. Es decir, el público es mayoritariamente joven y por tanto, las producciones van dirigidas sobre todo a este sector. Se produce y se insiste en una infantilización de los contenidos y del márketing mediante la novedad. Pero la novedad no tiene porque ir unida a la creatividad. Con la novedad y con este tipo de contenidos, se persigue la fidelización de este público, (así cada película no solo se ve como un producto acabado, sino como una especie de teleserie de diversos capítulos). De esta manera, se impone la novedad sobre la creatividad y así esta queda controlada.

Pero la mayor parte de la responsabilidad la tienen las grandes distribuidoras internacionales, que son las que hoy en día controlan todo el negocio de la industria; desde la producción hasta la exhibición. La concentración es alta y esto supone barreras a los nuevos entrantes potenciales. Ellas hacen y deshacen a su antojo, deciden qué productos se realizan y cómo, cuándo y dónde se proyectan. Su poder llega a tal punto que actúan como lobby de presión incluso en las esferas políticas que le atañen.

Ante esto, la pregunta que surge es ¿por qué no abogan estos pequeños cines por la especialización como recurso diferenciador? Pero ahí está el quid de la cuestión. A las grandes distribuidoras no les compensa que esto suceda y la especialización en los cines no siempre funciona. Según la Teoría de la larga cola (The Long Tail), las nuevas tecnologías permiten reducir los costes de almacenamiento y distribución de manera que ya no es necesario focalizar el negocio a unos pocos productos de éxito. Según esta teoría ahora existen dos mercados; uno que se centra en el alto rendimiento de pocos productos producidos masivamente y otro que se basa en las pequeñas ventas de muchos productos diferenciados. Sintetizando, esto permite que en un determinado sector la diversificación de la oferta sea rentable y además haya cabida a la especialización. Pero ¿por qué esto no se da en la industria cinematográfica? Las salas independientes solo tienen cabida en las grandes ciudades y aún así, muchas tienden a desaparecer. La pregunta se queda sin una respuesta clara.

Llegados a este punto, deberíamos reflexionar sobre nuestros propios hábitos de consumo de cine. Exigimos calidad y diversidad, pero ¿realmente hay un público consolidado para este tipo de cine? Más allá de estadísticas oficiales, la respuesta es evidente: no.

Aunque lo cierto es que en los últimos años, se observa un cambio de tendencia en las prácticas y en la cultura audiovisual española. Aquí se abre una gran interrogante, ¿hasta qué punto beneficia o perjudica Internet y el uso de las nuevas tecnologías a la industria del cine? En el inicio del artículo se citaba Internet como una de las principales causas del descenso de espectadores en los cines. Al igual que la entrada de la televisión en los hogares estadounidenses en los años cuarenta del siglo XX marcó un antes y un después en la asistencia al cine, reduciéndose considerablemente el público, la difusión popular de Internet se esgrime como una causa de peso en la actual pérdida de espectadores. Sin embargo, Internet también se puede ver como un lecho de oportunidades. Gracias a las nuevas tecnologías, las redes de intercambio P2P, y el acceso a la información, cada vez es más fácil acceder a una variedad más amplia de oferta. Además, ha aumentado el número de personas que, por ejemplo, siguen sus series favoritas en versión original. También con esto nos volvemos más exigentes, exigimos poder disfrutar de la interpretación de los actores en versión original subtitulada. Asimismo, gracias a los blogs especializados, sabemos qué ocurre con la cinematografía asiática o nos enteramos del último proyecto de un realizador iraní. En definitiva, todo esto ha propiciado un enriquecimiento de nuestra cultura audiovisual y nos hace ser más exigentes y más críticos. Se está gestando una nueva cultura audiovisual, ¿llegará a reflejarse algún día en los hábitos de asistencia al cine?